Como palabras, vomito relatos

domingo, 3 de febrero de 2013

SIEMPRE HAY QUE CAMBIAR EL AGUA DEL CUBO DE LA FREGONA


SIEMPRE HAY QUE CAMBIAR EL AGUA DEL CUBO DE LA FREGONA 
(Palabras por T. Sanfeliu)

Yo estaba ahí sentado, en mi silla favorita. Lo observaba dormir escuchando todos los sonidos de la noche. Pero sin querer me puse triste, como esa melancolía que te da el olor del café a mediodía o el sonido del viento un anochecer de inverno. Igual que cuando oyes ladrar a un perro en medio de la noche, o hueles el sol evaporando una tormenta de verano. El silencio es ilusorio, dijo. Por lo menos hasta que tu corazón deje de palpitar. Eso me dijo. Que ni en el lugar más remoto del planeta existía, ni en el pozo más profundo, ni siquiera en la luna. Solo después de ser arrollado por un camión podías escucharlo. O si te disparan en la cabeza. Claro que entonces ya no tiene gracia porque estás muerto. Él sabía muchas cosas antes. Un día, cuando estábamos en el acuario me dijo que los tiburones solo te muerden si tienen hambre, pero si no, no te muerden, te dejan seguir nadando tranquilamente. Me contaba cosas siempre, que si la tierra no es exactamente redonda, que si los peces no necesitan cerrar los ojos porque están rodeados de agua, que si los niños no vienen con una cigüeña. A mi me gustaba escucharlo. Pero viéndolo dormir parecía un poco estúpido y viejo. Porque ya era muy viejo y eso también lo hacía estúpido. Así que imagine usted cuan estúpido parece un viejo durmiendo. Y a mi me pusieron triste los sonidos de la noche porque la vecina estaba limpiando el suelo y me recordaba a mi madre. Una señora muy buena, mi madre. Siempre limpiaba el suelo. Lo hacía mucho, de verdad, más de tres veces al día. Porque era muy limpia. Y siempre cambiaba el agua del cubo antes de fregar porque decía que si no la mierda del fregado anterior ensuciaba el nuevo fregado. Y tenía razón porque yo un día lo hice cuando vomité un vaso de leche en mi habitación, que me entró mal porque antes no sabía que no soportaba la leche, y después no queda limpio del todo. Soy intolerante a la lactosa. Y como un día mi abuelo me dijo que las paredes eran de papel, se escuchaba muy intensamente a la vecina limpiar su casa. Porque seguramente el techo también era de papel. Me dieron ganas de llorar y después me puse nervioso porque no quería despertar a mi abuelo, porque tiene insomnio y si se despierta ya no puede dormir más. Entonces yo tengo que despertarme con él porque ya no puede hacer las cosas solo y es peligroso porque se puede caer por la ventana. Eso me dijo el médico pero yo no me lo creí, porque nadie se cae por la ventana. La gente se tira por la ventana pero no se caen, y mi abuelo no quería tirarse porque me lo dijo. Pero tengo que estar despierto porque también se puede quemar con el horno o resbalar en el cuarto de baño. Me puse tan nervioso que me dieron más ganas de llorar todavía, porque la vecina no paraba de fregar y a mi me recordaba a mi madre, que estaba escuchando el silencio en alguna parte. No recuerdo nada más hasta que me desperté y supe que el médico tenía razón con lo de la ventana. O que mi abuelo me había mentido, señor policía, pero es extraño porque mi abuelo nunca mentía. Debía de ser la primera vez que lo hacía, pero podría haberme avisado antes. ¿Sabe que la gente intolerante a la lactosa tampoco podemos comer queso? Yo no como queso.

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