LOS BERBERECHOS DEL LEÑADOR
Leña por A. Boneta y Berberecho por E. Ricou
Leña por A. Boneta y Berberecho por E. Ricou
Agustiño Do Camiño se aseguró
de que los troncos estuvieran parejos, sin salientes ni vástagos ni ramitas ni
hojas secas, y colocados sobre la carreta en hileras de siete. Tres, cuatro,
cinco, seis, siete… doce, trece, catorce… veinte, veintiuno… Después de haberse
asegurado de ello, bebió siete tragos de vino, arrancó el motor del tractor
catorce veces y parpadeó treinta y cinco antes de ponerse en marcha. El
tintineo de las llaves en el bolsillo le preguntó si había cerrado la puerta
antes de salir de casa y, como no estaba seguro, apresuró la carrera.
Aparcó el tractor en el
lugar de siempre y se apeó dando siete golpes en el suelo con cada botín. Su
mascarilla empezaba a oler a humedad, así que la tiró en el séptimo contenedor
que encontró y se puso la de recambio. Cuando se detuvo delante de la
pescadería dudó. ¿No debería asegurarse de haber cerrado bien la puerta antes
de ir a comprar? Pero tendría que subir al tractor, arrancarlo siete veces, dar
siete golpes con cada pata, catorce parpadeos, veintiún carraspeos y no quiera
usted saber qué treinta y cinco otras gilipolleces le mandaría hacer su cocotera
antes de dejar que comprara el almuerzo. Estaba seguro de que todo ese barullo ocuparía
más tiempo del que la pescadería estaba dispuesta a esperar por un chalado.
El leñador sabía que
pensar demasiado era peor, porque entonces se fijaba en la campanilla de la
puerta y tenía que hacerla repicar cuarenta y dos veces mientras el tendero lo
miraba con cara de qué coño haces con mi puerta. El olor a pescado se
infiltraba por el tejido de la mascarilla y a Agustiño le vino una arcada. Le
picaba la nariz. Se la rascó hasta perder la cuenta mientras hacía esfuerzos
por comunicarse con el pescadero: “Veintiún berberechos, por favor”. Y mientras
tanto le venían a la mente los siete candados de su puerta y no podía evitar
pensar que cuando la abriera se encontraría con una casa desvalijada,
destruida, saqueada o, todavía peor, con los criminales esperando detrás del
portón. Demasiado astutos eran los cacos como para no darse cuenta que la había
dejado mal cerrada. El pescadero lo observaba desorientado mientras Agustiño se
daba golpes en la mejilla izquierda porque se sentía desequilibrado. Pero al
loco no le importaba mostrar su locura, desde que tuvo que palpar la cabeza de
todas las señoras del mercado de los martes se había acostumbrado a ser el
bufón del pueblo. ¡Ay Señor de los pecados y padre de la perversidad! Todos los
días lo mismo, “no te obsesiones con la puerta, Agustiño, si tienes siete
cerrojos es para poder olvidarte de seis”. Pero ahí estaba el leñador chiflado,
acariciando las sepias y chupeteando un ojo de merluza para paliar la ansiedad.
“Veintiún berberechos, por favor”.
Dicha y pasada tal
vorágine de convulsión, logró salir de la pescadería después de esperar que la
segundera del reloj adelantara el catorce, con una bolsa de berberechos y un
ojo de merluza encasquetado en el paladar. Veintiocho pisoteos con cada botín,
sesenta y tres parpadeos, siete sorbos de vino y estuvo preparado para zarpar. Sabía
que no tenía que obsesionarse, se lo había dicho el terapeuta, que “una
obsesión lleva a otra y de aquí no sales, Agustiño, de aquí no sales”. Como la
vez que se pasó dos meses, cinco días, diez horas y dos minutos para comprobar
que no había suma de dos números iguales que diese número impar. “De aquí no
sales, Agustiño”.
Al llegar a casa comprobó,
como todos los días, que sus dudas en cuanto a la puerta habían sido
infundadas. Ni candado abierto ni ladrón ni asesino detrás del portón. Pudo
respirar tranquilo hasta que se puso a contar los berberechos. Cuatro, cinco,
seis, siete… doce, trece, catorce… diecinueve, veinte. No hay que ser
maniático, pero recordaba perfectamente haber especificado veintiún berberechos,
no veinte. Veintiuno.
Agustiño Do Camiño se
rascó la oreja derecha catorce veces, después la izquierda catorce más para
equilibrar, abrió las siete putas cerraduras de la puta puerta y las cerró
sesenta y tres cada una, dio catorce taconeos con cada puto botín, siete tragos
de vino veintiún carraspeos treinta y cinco arranques de motor siete parpadeos
y veintiocho vueltas a la glorieta del pueblo antes de llegar a la puta pescadería,
confirmar que estaba cerrada y blasfemar por el puto berberecho y por no estar
seguro de haber cerrado bien la puerta antes de salir.