Como palabras, vomito relatos

jueves, 5 de diciembre de 2013

LOS BERBERECHOS DEL LEÑADOR

LOS BERBERECHOS DEL LEÑADOR
Leña por A. Boneta y Berberecho por E. Ricou

Agustiño Do Camiño se aseguró de que los troncos estuvieran parejos, sin salientes ni vástagos ni ramitas ni hojas secas, y colocados sobre la carreta en hileras de siete. Tres, cuatro, cinco, seis, siete… doce, trece, catorce… veinte, veintiuno… Después de haberse asegurado de ello, bebió siete tragos de vino, arrancó el motor del tractor catorce veces y parpadeó treinta y cinco antes de ponerse en marcha. El tintineo de las llaves en el bolsillo le preguntó si había cerrado la puerta antes de salir de casa y, como no estaba seguro, apresuró la carrera.
Aparcó el tractor en el lugar de siempre y se apeó dando siete golpes en el suelo con cada botín. Su mascarilla empezaba a oler a humedad, así que la tiró en el séptimo contenedor que encontró y se puso la de recambio. Cuando se detuvo delante de la pescadería dudó. ¿No debería asegurarse de haber cerrado bien la puerta antes de ir a comprar? Pero tendría que subir al tractor, arrancarlo siete veces, dar siete golpes con cada pata, catorce parpadeos, veintiún carraspeos y no quiera usted saber qué treinta y cinco otras gilipolleces le mandaría hacer su cocotera antes de dejar que comprara el almuerzo. Estaba seguro de que todo ese barullo ocuparía más tiempo del que la pescadería estaba dispuesta a esperar por un chalado.
El leñador sabía que pensar demasiado era peor, porque entonces se fijaba en la campanilla de la puerta y tenía que hacerla repicar cuarenta y dos veces mientras el tendero lo miraba con cara de qué coño haces con mi puerta. El olor a pescado se infiltraba por el tejido de la mascarilla y a Agustiño le vino una arcada. Le picaba la nariz. Se la rascó hasta perder la cuenta mientras hacía esfuerzos por comunicarse con el pescadero: “Veintiún berberechos, por favor”. Y mientras tanto le venían a la mente los siete candados de su puerta y no podía evitar pensar que cuando la abriera se encontraría con una casa desvalijada, destruida, saqueada o, todavía peor, con los criminales esperando detrás del portón. Demasiado astutos eran los cacos como para no darse cuenta que la había dejado mal cerrada. El pescadero lo observaba desorientado mientras Agustiño se daba golpes en la mejilla izquierda porque se sentía desequilibrado. Pero al loco no le importaba mostrar su locura, desde que tuvo que palpar la cabeza de todas las señoras del mercado de los martes se había acostumbrado a ser el bufón del pueblo. ¡Ay Señor de los pecados y padre de la perversidad! Todos los días lo mismo, “no te obsesiones con la puerta, Agustiño, si tienes siete cerrojos es para poder olvidarte de seis”. Pero ahí estaba el leñador chiflado, acariciando las sepias y chupeteando un ojo de merluza para paliar la ansiedad. “Veintiún berberechos, por favor”.
Dicha y pasada tal vorágine de convulsión, logró salir de la pescadería después de esperar que la segundera del reloj adelantara el catorce, con una bolsa de berberechos y un ojo de merluza encasquetado en el paladar. Veintiocho pisoteos con cada botín, sesenta y tres parpadeos, siete sorbos de vino y estuvo preparado para zarpar. Sabía que no tenía que obsesionarse, se lo había dicho el terapeuta, que “una obsesión lleva a otra y de aquí no sales, Agustiño, de aquí no sales”. Como la vez que se pasó dos meses, cinco días, diez horas y dos minutos para comprobar que no había suma de dos números iguales que diese número impar. “De aquí no sales, Agustiño”.
Al llegar a casa comprobó, como todos los días, que sus dudas en cuanto a la puerta habían sido infundadas. Ni candado abierto ni ladrón ni asesino detrás del portón. Pudo respirar tranquilo hasta que se puso a contar los berberechos. Cuatro, cinco, seis, siete… doce, trece, catorce… diecinueve, veinte. No hay que ser maniático, pero recordaba perfectamente haber especificado veintiún berberechos, no veinte. Veintiuno.
Agustiño Do Camiño se rascó la oreja derecha catorce veces, después la izquierda catorce más para equilibrar, abrió las siete putas cerraduras de la puta puerta y las cerró sesenta y tres cada una, dio catorce taconeos con cada puto botín, siete tragos de vino veintiún carraspeos treinta y cinco arranques de motor siete parpadeos y veintiocho vueltas a la glorieta del pueblo antes de llegar a la puta pescadería, confirmar que estaba cerrada y blasfemar por el puto berberecho y por no estar seguro de haber cerrado bien la puerta antes de salir.


sábado, 23 de noviembre de 2013

JODETE, PALAVRA SINCRONIZADA

JODETE, PALAVRA SINCRONIZADA
(Palavra por M. Vilaró y Sincronia y Jodete por O. Tellería)

Sepa que cuenta ese dicho i no diga ese cuento que sepa, que no es lo mismo que un negro llegue primero a la meta a que te la meta el primer negro que llegue. Las palavras son solo ruidos organizados i nosotros nos las tragamos como gallinas injenuas, picando de aqui i de aya i regurjitando rito por pito u olla por polla. I povre del que se equiboque o escupa un sonido que no toca. Que seria de nosotros si en lugar de jamones comieramos jarrones, o nos creciera un ano por cada cumplea’n’os, o tubieramos cocos por mocos dedos por pedos ratas por patas…
El astuto que decidio inbentarse el lenguage era un puto chapucero con prisa. Señores, la palavra omofono no es mas que el intento de enmendar un herror, el de ese señor manazas que mientras havlava avlandaba creando vacas i bacas i bigas i vigas i callos i cayos i todas las mierdas convinadas que le combinieron. Pero no se preocupen, imbentemos la palavra malentendido i falta de horijinalidad solucionada. Porque mientras tu te dispones a freir un chorizo en una sarten, yo tengo miedo de que me ensarten un chorizo en cualquier momento; cuando te cuento que bi al cura con una sotana negra, tu lo as bisto en el sotano con una negra; yo tengo un amvre atroz tu tienes un omvre atras yo me vaño en el rio tu te ries en el vaño yo tengo dos tetazas tu dos tazas de te i hai te dejo pues jodete tu.
I despues los teoricos del lenguage nos acrivillan porque cometemos faltas de hortografia. Si digo sólo es que soy hantisocial, si solo es que tengo suficiente con lo que tengo, pero si digo más es que no tengo vastante, mas si digo mas… es que soi raro porque nadie lo utiliza. Si omofono probiene de herror, la H no es mas que una hornamentación para simular que icieron un buen trabajo. “Echar echa la hache por la ventana”. Jodete Juan Manuel Fernandez Pacheco, si yo no quiero hechar la ache no la hecho, i si me hapetece digo baca i vurro i vonito i bomito lo que me salga por el año.

jueves, 21 de noviembre de 2013

EL PISTACHO LEJANO


EL PISTACHO LEJANO
(Pistacho por M. Òdena y Lejos por C. Guisado)

Fue una remota casualidad de esas de ni queriendo, de una vez en la vida y nunca más, como cuando David Roberts descubrió la viagra por querer tratar la hipertensión o Poe presagió cuarenta y siete años antes el canibalismo de Richard Parker. Aunque la suya no fue tan significativa a nivel planetario, la probabilidad de que ese pistacho, que nadie se había comido por ser el de la vergüenza, que seguía vivito y coleando dentro del cuenco y que estaba destinado a ser comido por las gallinas, (respiremos); la posibilidad de que ese pistacho saliera disparado por un ligero golpe de enfado en la mesa –que propinó Jerónimo López porque su hija no se dignaba a comer debidamente por el amor de Dios come con la puta cuchara- y de que la física de la gravedad y las mil historias varias que se inventan los científicos para hacer más lógica la lógica, hicieran que el maldito pistacho aterrizara en el tragadero de Loles la Gorda, que no estaba sentada en esa mesa sino que pasaba por ahí, válgase la redundancia, por casualidad, y que no estaba gorda sino que se había ganado el apodo por comer demasiados pistachos; esas son, lo que se llama, circunstancias inauditas.
Era también remota la posibilidad de que el pistacho fuera a parar en el gaznate de Loles mientras esta bostezaba para adentro –digo para adentro porque es lo que se hace, aspiras, luego te quedas un instante en suspensión, como parado en tiempo y espacio mientras tus músculos deciden si tensarse o distenderse; y después exhalas el bostezo-. Ese momento preliminar de bostezo aspirado sucedió en el momento exacto en el que el pistacho se disponía a penetrar por la garganta de la Gorda y atascarse finalmente en su traquea, emitiendo un sonido como de aspiradora bloqueada, como de desagüe saturado, como de bola de pelo de gato por vomitar. Pero Loles no lo devolvió, se quedó ahí encasquillado para siempre, ese pistacho que había crecido en Turkmenistán, cruzado los países árabes, surcado el mar Caspio, el Negro y el Mediterráneo, sobrevivido a un naufragio, a una guerra y madurado en la más profunda oscuridad de una caja de transporte.
Dichas circunstancias sucedieron en un pueblo que ahora ya no come pistachos por consideración a la fallecida, Jerónimo López ya no golpea mesas, y su hija ha aprendido a comer con la puta cuchara. Desde lo sucedido, el veintiuno de noviembre es el día nacional del pistacho, la gente no los come sino que los aplasta para darles su merecido. Loles la Gorda yace ahora bajo un nogal que no hace nueces, podría decirse también que por respeto. Del pistacho poco se sabe, no lo encontraron en su traquea, ni en el estómago ni en los pulmones; tampoco lo había digerido ni defecado post mortem. Un pistacho que, algunos dirían, buscaba venganza por saberse destinado a ser comido por cualquiera, simple y meramente por su naturaleza de pistacho, hijo de alfóncigo, primero en su nombre.

ESQUIMAL(E)S

ESQUIMAL(E)S
(Esquimales por D. Caplunik)

Eren terres inhòspites i salvatges, cobertes de neu, encara que mai nevava. El sol matinava amb capricis arbitraris: algunes vegades només uns instants, altres ni tan sols apareixia, i mai proporcionava ni una mica d’escalfor.
La família esquimal vivia en un iglú, al peu d’una vall rodejada d’agrestes muntanyes de gel que creixien sense parar. Allà s’escoltava un so constant i metàl·lic i quan s’aturava, inesperadament, arribava el desgel i arrasava muntanyes, turons i llogarets, convertint el paisatge en un desert blanc sense sorra.
Les llegendes de l’àvia esquimal contaven que, molts somnis enrere, a l’arribada dels primers homes, es va produir un desgel etern. Va durar tant de temps que inclús aparegué vegetació i uns insòlits animals de sis potes arribaren, amb una closca a l’esquena i unes afilades pinces a la mandíbula. Però la primavera se n'anà com havia arribat i sorgiren de nou els icebergs, lapidant fins a l’últim brot i sepultant als estranys animals sota impenetrables capes de gel.
Un dia, la família esquimal va decidir anar-se’n de la vall per explorar més enllà de les serralades. Per camins desconeguts i parets escarpades, viatjaren durant somnis fins arribar al que cregueren la fi del món. Van descendir per l’última muntanya i, al peu de l’última vall, el van veure: era un palau colossal, que mesurava cinc-cents homes, tenia parets d’un material tou i desconegut, cobertes de jeroglífics i colors llampants. Era tant colpidor que la família esquimal avançà fins a les seves portes, on unes lletres gegants els invitaven a entrar: centres de lluç Pescanova, deia.


Ingenus,  penetraren.