EL PISTACHO LEJANO
(Pistacho por M. Òdena y Lejos por C. Guisado)
Fue una remota casualidad de esas de ni
queriendo, de una vez en la vida y nunca más, como cuando David Roberts
descubrió la viagra por querer tratar la hipertensión o Poe presagió cuarenta y
siete años antes el canibalismo de Richard Parker. Aunque la suya no fue tan
significativa a nivel planetario, la probabilidad de que ese pistacho, que
nadie se había comido por ser el de la vergüenza, que seguía vivito y coleando
dentro del cuenco y que estaba destinado a ser comido por las gallinas,
(respiremos); la posibilidad de que ese pistacho saliera disparado por un
ligero golpe de enfado en la mesa –que propinó Jerónimo López porque su hija no
se dignaba a comer debidamente por el amor de Dios come con la puta cuchara- y
de que la física de la gravedad y las mil historias varias que se inventan los
científicos para hacer más lógica la lógica, hicieran que el maldito pistacho
aterrizara en el tragadero de Loles la Gorda, que no estaba sentada en esa mesa
sino que pasaba por ahí, válgase la redundancia, por casualidad, y que no
estaba gorda sino que se había ganado el apodo por comer demasiados pistachos;
esas son, lo que se llama, circunstancias inauditas.
Era también remota la posibilidad de que el
pistacho fuera a parar en el gaznate de Loles mientras esta bostezaba para
adentro –digo para adentro porque es lo que se hace, aspiras, luego te quedas
un instante en suspensión, como parado en tiempo y espacio mientras tus
músculos deciden si tensarse o distenderse; y después exhalas el bostezo-. Ese momento
preliminar de bostezo aspirado sucedió en el momento exacto en el que el
pistacho se disponía a penetrar por la garganta de la Gorda y atascarse
finalmente en su traquea, emitiendo un sonido como de aspiradora bloqueada,
como de desagüe saturado, como de bola de pelo de gato por vomitar. Pero Loles
no lo devolvió, se quedó ahí encasquillado para siempre, ese pistacho que había
crecido en Turkmenistán, cruzado los países árabes, surcado el mar Caspio, el
Negro y el Mediterráneo, sobrevivido a un naufragio, a una guerra y madurado en
la más profunda oscuridad de una caja de transporte.
Dichas circunstancias sucedieron en un pueblo que ahora ya no come pistachos por consideración a la fallecida, Jerónimo López ya no golpea mesas, y su hija ha aprendido a comer con la puta cuchara. Desde lo sucedido, el veintiuno de noviembre es el día nacional del pistacho, la gente no los come sino que los aplasta para darles su merecido. Loles la Gorda yace ahora bajo un nogal que no hace nueces, podría decirse también que por respeto. Del pistacho poco se sabe, no lo encontraron en su traquea, ni en el estómago ni en los pulmones; tampoco lo había digerido ni defecado post mortem. Un pistacho que, algunos dirían, buscaba venganza por saberse destinado a ser comido por cualquiera, simple y meramente por su naturaleza de pistacho, hijo de alfóncigo, primero en su nombre.
Dichas circunstancias sucedieron en un pueblo que ahora ya no come pistachos por consideración a la fallecida, Jerónimo López ya no golpea mesas, y su hija ha aprendido a comer con la puta cuchara. Desde lo sucedido, el veintiuno de noviembre es el día nacional del pistacho, la gente no los come sino que los aplasta para darles su merecido. Loles la Gorda yace ahora bajo un nogal que no hace nueces, podría decirse también que por respeto. Del pistacho poco se sabe, no lo encontraron en su traquea, ni en el estómago ni en los pulmones; tampoco lo había digerido ni defecado post mortem. Un pistacho que, algunos dirían, buscaba venganza por saberse destinado a ser comido por cualquiera, simple y meramente por su naturaleza de pistacho, hijo de alfóncigo, primero en su nombre.
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